Disfraces incompletos

Es difícil sentarse frente a una hoja en blanco y empezar a escribir de cero, igual de difícil es decidir de cero un emprendimiento. Tuve la inexplicable suerte de soñar con lo que quería hacer. Así, en un día, dos días, tres días saltaban pedacitos de  información que iba ensamblando como en un rompecabezas. Mientras dormía, mientras mecía a Cucu para dormirlo, saltaban respuestas a todas las preguntas que me iba haciendo. Se ve que cuando mi mente se relajaba se activaban ideas que ya se venían gestando en algún lado de mi ser. Y una de las cosas que me resultó más fácil fue el Qué: disfraces.

Siempre me gustaron los disfraces, la versatilidad, la posibilidad de ser otro por un ratito, o ser uno mismo pero un poquito diferente. Exagerar, interpretar roles.

En casa había un “tacho de los disfraces”, bajo ese nombre muy poco halagador (no era un tacho, era un cesto de mimbre que empezó bien derechito y se fue desvencijando con los años) estaba uno de los rincones más divertidos de la casa. Pilas y pilas de prendas que nos servían para crear los personajes más variados. Ropa vieja de mamá y papá, disfraces de actos del colegio o de patín, prendas heredadas, recuerditos de carnavales carioca, todo era bienvenido para que la oferta fuera todavía más rica. Y siendo 4, mitad nenas y mitad nenes, había posibilidades para todos los gustos.

Tengo miles de imágenes de mi infancia y anécdotas que incluyen disfraces. Con mis hermanos, con mis amigos, incluso con mamá y papá. Tardes después del colegio, actos inolvidables, shows, fiestas de disfraces. Todavía hoy, mi yo chiquito salta de alegría cuando nos toca disfrazarnos en alguna rara ocasión.

Fusión de disfraces
Fusión de disfraces

Y pensando en esos momentos, pensé en disfraces, y pensé en todo lo que fue hasta ahora y va a ser Cucumber. Algo que se corre un poco de los típicos disfraces, para no perder esa capacidad creadora de los peques. Incompletos. Invitan a ponerse una Cucucapa o un accesorio y combinarlo con otras partes, con otros trajes. Casi como cuando revolvíamos el tacho de los disfraces y armábamos combinaciones ridículas, exclusivas, inolvidables.