La hora sagrada

Hay una hora en casa (realmente es una hora clavada) que me atrevo a decir que es la favorita de todos. Es entre las 7 y las 8 PM, y es más o menos así…

Yo trato de dejar de trabajar a las seis para darles la merienda a los nenes y jugar con ellos. En ese lapso vamos relajando un poco, hasta que escuchamos el ruido de la reja ¡Y ahí empieza la fiesta! A las siete llega papito de trabajar y Cucu ya está colgado de la ventana, Teddy también se da cuenta y sonríe. Entre lo poco que nos dejan hablar los dos pequeños ultra demandantes, la frase de cabecera es “¿Pongo el agua?”.

Y nada, ningún misterio para develar. Eso es lo que tiene nuestra hora feliz: juegos, canciones, besos, abrazos, mate, tostadas o galles, a veces algo de tele, charlas. Nos contamos como estuvo el día, el trabajo, la casa, el jardín, hay un momento para cada uno.

La hora sagrada empieza a las siete si el tránsito no nos roba minutos y termina a las ocho cuando empieza la maratón baño-cena-noni. Antes de todo eso, nos sentamos (casi siempre en el piso) y jugamos. Tratamos de dejar los celus afuera (nos cuesta debo reconocer), de concentrarnos en nosotros y en nadie más. No hay un mejor momento que ese en todo el día.

A veces se suman visitas, siempre muy íntimas: tíos, abuelos, amigos. Porque eso es fundamental en la hora sagrada, no hay etiqueta, es realmente estar de entrecasa. Otras veces nos hacemos los que no vimos el reloj y la hora se extiende un ratito más, un poco porque disfrutamos ese momento, otro poquito porque no tenemos taaaantas ganas de arrancar la maratón que viene después.

Hay días que por diferentes motivos la Hora Sagrada se acorta, se corre o directamente se pierde. Y creo que los cuatro quedamos un poco descolocados cuando eso pasa, extrañamos ese ratito de nada. Nos extrañamos.

¡Bueno me voy que ya empieza la Hora Sagrada! Besito.

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