De cómo los disfraces te marcan de por vida

¡Llegó Halloween! Y lejos de entrar en el debate “Halloween sí, Halloween no”, yo que soy fanática de los disfraces festejo una nueva oportunidad de jugar a ser otros por un ratito. ¡Por eso aprovecho para pensar en algunos de los disfraces que me marcaron de chica y de grande!

Mi Bella zombie

Para un acto de fin de año de segundo grado las nenas fuimos Bella con hermosos vestidos amarillos llenos de volados. Para el año siguiente, una maestra muy creativa que resultó una inspiración en mucho sentidos, armó un show de fin de año de Los Locos Adams y propuso reutilizar el vestido amarillo. Éramos zombies con ojeras y pelos descontrolados ¡y el vestido de Bella!

Geisha en la dulce espera

El año pasado tuvimos una fiesta de disfraces (¡amo las fiestas de disfraces!). El temita fue que estaba embarazada de Teddy, de siete meses. Lo único que me entró fue un kimono, que además como era largo me dejaba ponerme zapatos bien cómodos para las dos empanadas que tenía como pies. Todavía creo que varios invitados pensaron que la panza era de mentira ¡la imagen era, como mínimo, bizarra!

África mía

Con catorce años, plena pubertad, me tocó actuar en el colegio de africana. Pollera y top amarillo y el cuerpo pintado con corcho. Mi mamá se tomo muy en serio la tarea y me hizo un body painting increíble. El problema fue que a la hora de salir para el salón descubrimos que ningún remis en su sano juicio nos iba a llevar ¡el tapizado le iba a quedar divino! Así que mi amiga y yo tuvimos que ir caminando así vestidas. Juro que varias personas, a pesar del pelo y los ojos claros, nos preguntaron si éramos brasileras. ¡Lo que nos reímos!

Agua bendita

No solo una, sino dos veces, me tocó disfrazarme de agua. ¡De agua! La delicias de haber ido a un colegio católico. El disfraz era una túnica celeste y en los brazos tenía cosidas las tiritas plateadas de los arbolitos de Navidad. En uno de los actos era un bosque o algo similar lo que interpretamos; en el segundo actuamos la separación del agua de la tierra. ¿Qué tul? Apuesto que resulta inimaginable.

Estoy feliz con todos los lindos recuerdos que me trajo este post. Ya conté alguna vez cuán importantes eran los disfraces en mi infancia y en la de mis hermanos. Hoy deseo que mis hijos disfruten mucho probar ser otro, descubrir diferentes roles, interpretar y sobre todo ¡jugar!