¡Eternos entusiastas!

Los peques son, como mínimo, intensos. En todos los sentidos. Pero la intensidad con la que viven no deja de emocionarme día a día. La capacidad de sorpresa, el entusiasmo con el que encaran las cosas. Todo es “muy”, “tan”, “guau” y más!

Qué lindo es poder saltar de emoción por encontrar un bichito en el jardín, por poder encastrar la pieza difícil de un juguete o por aprender a ir al baño solito. Porque no hay criterio para las emociones, todo es magnífico y se disfruta con la misma intensidad.

Lo que más me gusta de la actitud que tienen mis hijos por la vida es que es contagiosa. Con Papito miramos y descubrimos a la par de ellos. Vemos cosas que antes no veíamos o que habíamos olvidado. Sentimos la emoción de descubrir algo nuevo como si fueramos nosotros los novatos.

Cucu llega al sumuz del éxtasis muy fácil, cuando ve un auto antiguo en la calle o al camión de la basura, entre muchas otras cosas. Teddy pega mini gritito agudo de emoción cuando encuentra debajo de un mueble alguna de sus pelotas favoritas. Y son reacciones tan genuinas que se contagian.

Me ha pasado de ir manejando sola en el auto y cruzarme un camión grandote y pensar “guauuuu, si Cucu lo viera se volvería loco”, o encontrar un juguete que le gusta a Teddy y decir para adentro “¡mirá lo que encontré!”.

Es tan lindo que nos recuerden lo que es ser felices con lo de todos los días, con lo simple, con lo más importante. Dejar que nuestro niño interno salte de alegría por cosas que un adulto nunca creería que valen la pena… ¡y a veces animarnos a saltar literalmente!